
allá donde el mar no se puede concebir…
De nuevo la gran ciudad… y su reloj.
Hace ya tiempo que el verano quedó escondido en un rincón, no se muy bien dónde.
Ya casi no recuerdo la sensación de caminar sobre las aguas, la de rozar el asfalto en curvas imposibles entre montañas verdes, o el sabor de la tranquilidad en cualquier terraza rodeado de buena gente.
De vez en cuando, algún metro al pasar me recuerda qué era aquello de sentir el viento en la cara. Durante unos instantes, me devuelve a aquellos días en los que cualquier preocupación se solucionaba con un buen parte de viento. El pitido de las puertas me despierta. Llego tarde.

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